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PROTOCOLO I
El derecho sólo está en la Fuerza.- La Libertad no es más que
una idea.- El Liberalismo.- El oro.- La locura.- La Autonomía.-
El Despotismo del Capital.- El Enemigo Doméstico.- La Plebe.- La
Anarquía.- La Política y la Moral.- El derecho del más fuerte.-
El poder Judío Franc-Masón es invencible.- El fin justifica los
medios.- Las turbas son ciegas.- Las discordias de los partidos.-
La forma de gobierno que mejor conduce a nuestro fin es la Autocracia.-
Los Licores Fuertes.- El Clasicismo.- El Libertinaje.- El principio
y las Reglas del gobierno Judío y FrancMasón.- El Terror.- Libertad,
Igualdad y Fraternidad.- El principio del gobierno dinástico.- Los
Privilegios de la Aristocracia de los Cristianos, destruidos. -
La nueva aristocracia. - Cálculo psicológico.- Abstracción de la
Libertad.- Amovilidad de los Representantes del Pueblo.
Dejemos de lado toda fraseología; estudiemos en sí misma cada
idea e ilustremos la situación por medio de
comparaciones y deducciones. Voy, pues, a formular nuestro
sistema desde el punto de vista nuestro y desde el punto de vista
de los cristianos. Hay que hacer notar ante todo que los hombres
dotados de malos instintos abundan más que los de buenos sentimientos.
Por esta razón hay que esperar mejores resultados cuando se gobierna
a los hombres por medio de la violencia y el terror, que cuando
se trata de gobernarles por medio de las discusiones académicas.
Todo hombre aspira al poder; cada uno quisiera convertirse en dictador;
si esto fuera posible al mismo tiempo, muy poco faltaría para que
no estuvieran todos prontos a sacrificar el bien de los demás, a
trueque de conseguir cada uno su propio provecho.
¿Qué es, pues, lo que ha reprimido hasta ahora a esa bestia feroz
que se llama hombre? ¿Qué es lo que ha podido dirigirle hasta el
presente? Al iniciarse el orden social, el hombre se ha sometido
a la fuerza bruta y ciega; más tarde, a la Ley, que no es más que
esa misma fuerza, pero disfrazada. De donde yo saco la conclusión
que, según la Ley Natural, el derecho radica en la fuerza. La Libertad
Política es una idea y no un hecho. Se necesita saber aplicar esta
idea cuando es necesario atraer las masas populares a un partido
con el cebo de una idea, si ese partido ha resuelto aplastar al
contrario que se halla en el poder. Este problema resulta de fácil
solución si el adversario se mantiene en el poder en virtud de la
idea de libertad, de eso que se llama Liberalismo, y sacrifica un
poco de su fuerza en obsequio de esa idea: Libertad. Y he aquí por
dónde ha de llegar el triunfo de nuestra teoría: una vez que se
aflojan las riendas del poder, inmediatamente son recogidas por
otras manos, en virtud del instinto de conservación, porque la fuerza
ciega del pueblo no puede quedar un solo día sin tener quien la
dirija, y el nuevo poder no hace otra cosa sino reemplazar al anterior
debilitado por el Liberalismo. En nuestros días, el poder
del oro ha reemplazado al poder de los gobiernos liberales. Hubo
un tiempo en que la fe gobernaba. La idea de libertad es irrealizable,
porque nadie hay que sepa usar de ella en su justa medida. Basta
dejar al pueblo que por algún tiempo se gobierne a sí mismo, para
que inmediatamente esta autonomía degenere en libertinaje. Surgen
al punto las discusiones, que se transforman luego en luchas sociales,
en las que los Estados se destruyen, quedando su grandeza reducida
a cenizas. Sea que el Estado se debilite en virtud de sus
propios trastornos, sea que sus disensiones interiores lo ponen
a merced de sus enemigos de fuera, desde ese momento, ya puede considerarse
como irremediablemente perdido; ha caído bajo nuestro poder. El
despotismo del Capital, tal como está en nuestras manos, se le presenta
como una tabla de salvación y a la que, de grado o por fuerza, tiene
que asirse, si no quiere naufragar. A quien su alma noble y generosa
induzca a considerar estos discursos como inmorales, yo le preguntaría:
Si todo Estado tiene dos enemigos y contra el enemigo exterior le
es permitido, sin tacharlo de inmoral, usar todos los ardides de
guerra, como ocultarle sus planes, tanto de ataque como de defensa;
sorprenderlo de noche o con fuerzas superiores, ¿por qué estos mismos
ardides empleados contra un enemigo más peligroso que arruinaría
el orden social y la propiedad, han de reputarse como ilícitos e
inmorales? ¿Puede un espíritu equilibrado esperar dirigir con éxito
las turbas por medio de prudentes exhortaciones o por la persuasión,
cuando el camino queda expedito a la réplica, aun la más irracional,
si se tiene en cuenta que ésta parece reducir al pueblo que todo
lo entiende superficialmente? Los hombres, sean de la plebe o no,
se guían casi exclusivamente por sus pasiones, por sus supersticiones,
por sus costumbres, sus tradiciones y sus teorías sentimentales;
son esclavos de la división de partidos que se oponen aun a la más
razonable avenencia. Toda decisión de las multitudes depende, en
su mayor parte, de la casualidad, y cualquier resolución suya es
superficial y adoptada con ligereza. En su ignorancia de los secretos
políticos, las multitudes toman resoluciones absurdas y la anarquía
arruina a los gobiernos. La política nada tiene que ver con
la moral. El gobierno que toma por guía la moral no es político,
y en consecuencia es débil. El que quiera dominar debe recurrir
a la astucia y a la hipocresía. Esas grandes cualidades populares,
franqueza y honradez, son vicios en política, porque derriban de
sus tronos a los reyes mejor que el más poderoso enemigo. Estas
virtudes deben ser atributos de los príncipes cristianos; pero nunca
debemos tomarlas por guías de nuestra política. Nuestro objeto
es apoderarse de la fuerza. La palabra Derecho es un concepto abstracto,
al que nada corresponde en el orden real y con nada se justifica.
Esta palabra simplemente significa: Dame esto que yo quiero,
para probar que yo soy más fuerte que tú... ¿Dónde empieza y dónde
acaba el derecho? En un estado en el que el poder está mal organizado,
en el que las leyes y el gobierno se han convertido en algo impersonal,
como efectivamente sucede con los innumerables derechos que el Liberalismo
ha creado, yo veo un nuevo derecho: el de echarme en virtud de la
ley del más fuerte, sobre el orden, sobre todos los reglamentos
y leyes establecidos, y trastornarlos; el de poner mano sobre la
ley, el de reconstruir a mi antojo todas las instituciones y constituirme
amo y señor de los que nos abandonan los derechos que su propia
fuerza les había dado, y a los que han renunciado voluntariamente,
liberalmente... Gracias a la debilidad actual de todos los
gobiernos, el nuestro será más duradero que cualquier otro, porque
será invencible hasta el último momento, y quedará tan profundamente
arraigado que no habrá astucia que pueda causar su ruina... De
todos los males más o menos transitorios que hasta hoy nos hemos
visto obligados a causar, nacerá el bien de un gobierno inconmovible
que restablecerá la marcha normal del mecanismo de la existencia
nacional, perturbada por el Liberalismo. El éxito justifica los
medios. Pongamos la atención en nuestros proyectos, pero fijándonos
menos en lo bueno y lo moral que en lo necesario y en lo útil. Tenemos
delante de nosotros un plan en el que están estratégicamente expuestos
los lineamientos de los que no podemos desviarnos sin peligro de
ver destruidos el trabajo de muchos siglos. Para encontrar
los medios que conducen a este fin, debemos tomar en cuenta la cobardía,
la volubilidad, la inconstancia de las multitudes; su incapacidad
para comprender y valorizar las condiciones de su vida y de su bienestar.
Es necesario no perder de vista que la fuerza de las multitudes
es ciega e insensata; que no discurren, que oyen lo mismo de un
lado que del otro. Un ciego no puede guiar a otro sin caer ambos
al precipicio. Pues de igual manera los hombres de las turbas, salidos
del pueblo, aunque estén dotados de un genio singular, les hace
falta comprender la política y no pueden intentar con éxito dirigir
a los demás sin causar la ruina de una nación. Sólo un individuo
preparado desde su niñez a la autocracia puede conocer el lenguaje
y la realidad políticas. Un pueblo abandonado a sí mismo, es decir,
puesto en manos de un advenedizo, se arruina por las discordias
de los partidos que excitan la sed del mando y por los desórdenes
que de esto se originan. ¿Pueden por ventura las turbas populares
razonar serenamente, sin rivalidades intestinas y dirigir los asuntos
del Estado, que no pueden ni deben confundirse con los intereses
personales? ¿Pueden defenderse contra los enemigos de fuera?. Esto
es imposible. Cualquier plan dividido entre tantas cabezas como
son las de las multitudes, resulta ininteligible e irrealizable.
Sólo un autócrata puede elaborar planes vastos y claros; dar
a cada cosa el lugar que le corresponde en el mecanismo de la máquina
del gobierno. Digamos, pues, en conclusión, que para que un gobierno
pueda ser útil al pueblo y alcanzar el fin que se propone, debe
estar centralizado en las manos de un individuo responsable. Sin
el despotismo absoluto, la civilización es. imposible; la civilización
no es obra de las masas, sino del que las dirige, sea éste el que
fuere. La multitud es un bárbaro que en todas las ocasiones demuestra
su barbarie. Tan pronto como las turbas arrebatan su libertad, ésta
degenera en anarquía, que es el más alto grado de barbarie. ¡Ved
esos animales ebrios de aguardiente, embrutecidos por el vino, esos
hombres a quienes al mismo tiempo que se les ha dado la libertad
se les ha concedido el derecho de beber hasta ahogarse! Nosotros
no podemos permitir que los nuestros caigan tan bajo. Los
pueblos cristianos están idiotizados por el alcohol y los licores;
su juventud embrutecida por los estudios clásicos y el libertinaje
precoz al que la han empujado nuestros agentes-maestros, criados,
gobernantes, en las casas ricas; otros agentes nuestros, nuestras
mujeres, en los centros de diversión de los Cristianos. A estas
últimas hay que sumar las que se llaman mujeres de mundo, imitadoras
voluntarias del libertinaje de aquéllas y de su lujo. Nuestra
palabra de orden es la fuerza y la hipocresía. Sólo la fuerza puede
triunfar en política, principalmente si permanece velada por el
talento y demás cualidades necesarias a los hombres de Estado. La
violencia ha de ser un principio: la hipocresía y la astucia una
regla para los gobernantes que no quieran dejar caer su corona en
las manos de una fuerza nueva. Este mal es el medio único de llegar
al fin: el bien. Por lo mismo, no debemos detenernos como
espantados delante de la corrupción, del engaño, de la traición,
siempre que ellos sean medios para llegar a nuestros fines. En política
se necesita saber echarse sin vacilaciones sobre la propiedad ajena,
si por este medio podemos obtener la sumisión de los pueblos y el
poder. Nuestro Estado, en esta conquista pacífica, tiene el
derecho de reemplazar y sustituir los horrores de la guerra por
las sentencias de muerte, menos ostensibles, pero más provechosas
para mantener vivo este terror que hace a los pueblos que obedezcan
ciegamente. Una severidad justa, pero inflexible, es el principal
factor de la fuerza de un Estado, y esto constituye no sólo una
ventaja nuestra, sino también un deber, el deber que tenemos de
adaptarnos a este programa de violencia y de hipocresía, para alcanzar
el triunfo. Tal doctrina basada sobre el cálculo es tan eficaz
como los medios de que se sirve. No es, pues, solamente por estos
medios, sino también por esta doctrina de la severidad como someteremos
todos los gobiernos a nuestro Super-Gobierno. Bastará que se sepa
que somos inflexibles para reprimir todo conato de insubordinación.
Somos los primeros que en los tiempos que se llaman antiguos
echamos a volar entre el pueblo las palabras: LIBERTAD, IGUALDAD,
FRATERNIDAD; palabras tantas veces repetidas en el correr de los
años por cotorras inconscientes que, atraídas de todas partes por
este cebo, no han hecho uso de él sino para destruir la prosperidad
del mundo, la verdadera libertad del individuo, en otras épocas
tan bien garantizada contra las violencias de las turbas. Hombres
que se juzgan inteligentes, no han sido capaces de desentrañar el
sentido oculto de estas palabras, ni han visto la contradicción
que ellas encierran, ni han comprendido que no puede haber igualdad
en la naturaleza, ni puede haber libertad, y que la naturaleza misma
ha establecido la desigualdad de espíritus, de caracteres, de inteligencias
tan estrictamente sometidos a sus leyes; tampoco han comprendido
que las turbas. son una fuerza ciega; que los advenedizos que ellas
escogen para que las gobiernen no son menos ciegos ni más entendidos
en política que ellas mismas; que el iniciado en estos secretos,
así sea un ignorante, será apto para el gobierno, mientras que las
multitudes de los no iniciados, aunque sean grandes talentos, nada
entienden de política. Todas estas consideraciones no están
al alcance de las inteligencias de los Cristianos; sin embargo,
en ellas descansa el principio de los gobiernos dinásticos: el padre
transmitía a su hijo los secretos de la política, desconocidos a
cualquier otro que no fuera de la familia reinante, a fin de que
esos secretos no fueran traicionados. Más tarde, el sentido de la
transmisión hereditaria y de los verdaderos principios de la política
se perdió. El éxito de la obra fue en aumento. Sin embargo,
en el mundo las palabras Igualdad, Libertad y Fraternidad, con la
intervención de nuestros agentes incondicionales, incorporaron a
nuestras filas verdaderas legiones de hombres que tremolaron con
entusiasmo nuestras banderas. Pero estas palabras son la carcoma
que roe y destruye la prosperidad de todos los Cristianos, destruyendo
por completo la paz, la tranquilidad, la unión,- minando todos los
fundamentos de sus Estados. Vosotros veréis en seguida que
esto contribuye a vuestro triunfo: nos da, entre otras cosas, la
posibilidad de obtener la victoria más importante: es decir, la
abolición de los privilegios de la aristocracia de los Cristianos
y del único medio de defensa que tenían contra nosotros los pueblos
y las naciones. Sobre las ruinas de la aristocracia natural y hereditaria,
hemos alzado nuestra aristocracia de la inteligencia y del dinero.
Hemos tomado por criterio de esta aristocracia la riqueza, que depende
de nosotros, y la ciencia que está dirigida por nuestros sabios.
Nuestra victoria ha sido tanto más fácil cuanto que nosotros,
en las relaciones que tenemos con los hombres de que necesitamos
para nuestro fin, sabemos siempre herir las fibras más sensibles
del espíritu humano: el cálculo, la codicia, la insaciabilidad de
las necesidades materiales de los hombres; cada una de estas debilidades
explotada separadamente es capaz de ahogar el espíritu de iniciativa,
poniendo la voluntad de los hombres a la disposición del que compra
su actividad. El concepto abstracto de la libertad ha hecho
posible el persuadir a las multitudes de que un gobierno no es más
que un gerente del propietario del país, es decir, del pueblo, y
que se le puede cambiar como se cambia un par de guantes usados.
La amovilidad de los representantes del pueblo los pone a nuestro
arbitrio; ellos dependen de nuestra elección.
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PROTOCOLO II
Las guerras económicas son base de la supremacía Judía.- El
Gobierno Visible y los Consejos Secretos.- Los éxitos de las Doctrinas
Destructoras.- La asimilación en Política.- El papel de la Prensa.-
El precio del oro y el valor de las víctimas Judías.
Nos es de todo punto necesario que las guerras, a ser posible,
no confieran ninguna ventaja territorial a los beligerantes. La
guerra queda así transportada al terreno económico, con lo que las
naciones verán la fuerza de nuestra supremacía y esta situación
pondrá a los dos adversarios a la disposición de nuestros agentes
internacionales que tienen millares de ojos, a cuya mirada no sirve
de obstáculo frontera alguna. Entonces nuestros derechos internacionales
crearán los derechos nacionales, en el verdadero sentido de la palabra,
y gobernarán a los pueblos de la misma manera que el derecho civil
de los Estados normaliza las relaciones de sus súbditos entre sí.
Los gobernantes, elegidos de entre el pueblo por nosotros mismos,
en razón de sus aptitudes serviles, serán individuos no preparados
para el gobierno del país. Así, por este camino, vendrán a ser los
peones de nuestro juego de ajedrez fácilmente manejables por las
manos de nuestros sabios y geniales consejeros, de nuestros especialistas
educados y formados desde su tierna edad para el manejo de los negocios
de todo el mundo. No ignoráis que estos nuestros especialistas han
sacado sus conocimientos de gobierno de nuestros planes políticos,
de las experiencias de la historia y del estudio de todos los acontecimientos
notables. Los Cristianos no se guían en la práctica de observaciones
imparciales sacadas de la historia sino por una rutina meramente
teórica insuficiente para poder esperar de ella un resultado práctico.
Por eso nosotros no hemos de tomarlo en cuenta. Dejadlos que se
diviertan todavía por algún tiempo; que vivan de esperanzas o de
nuevas diversiones o del recuerdo de las que ya pasaron. Dejémoslos
creer en la importancia que nosotros mismos les hemos inspirado
de las leyes científicas y sus teorías. Precisamente con ese designio
hemos fomentado constantemente por medio de nuestra prensa su confianza
ciega en esas leyes. La clase pensante de los Cristianos se ufanará
orgullosa de sus conocimientos, y sin examinarlos a la luz de la
lógica pondrá en acción todas las enseñanzas de la ciencia acumuladas
por nuestros agentes para guiar sus inteligencias en el sentido
que a nosotros nos conviene. No penséis que carecen de fundamento
nuestras afirmaciones. Fijaos solamente en el éxito que hemos obtenido
creando el darwinismo o el marxismo o el nietzchismo. Para nosotros,
al menos, la influencia deletérea de esas doctrinas debe ser del
todo evidente. Es necesario que tengamos en cuenta las ideas, los
caracteres, las tendencias modernas de los pueblos, para no incurrir
en errores en política y en el manejo de los negocios. Nuestro sistema,
cuyas partes pueden estar dispuestas diferentemente, según son los
pueblos con que tropezamos en nuestro camino, no puede tener éxito,
si su aplicación práctica no está fundada en los resultados obtenidos
en el tiempo pasado comparado con el presente. Los Estados modernos
tienen en sus manos una gran fuerza creadora: la Prensa. Su papel
es el de expresar las reivindicaciones que se dicen necesarias,
indispensables; hacer conocer las quejas de los pueblos; crear el
descontento y darle una voz con que expresarlo. En la Prensa está
encarnada la libertad de palabra. Pero los Estados no han sabido
utilizar esta fuerza que ha caído ya en nuestras manos. Por la Prensa
hemos conquistado toda la influencia, quedando nosotros ocultos
en la sombra, y gracias a ella hemos podido amasar el oro con nuestras
manos como precio de los torrentes de lágrimas y de sangre, en medio
de los cuales hemos podido arrebatarlo... Pero nos hemos rescatado
a nosotros mismos mediante el sacrificio de muchísimos de los nuestros.
CADA UNO DE LOS NUESTROS QUE HA SIDO SACRIFICADO VALE DELANTE DE
DIOS POR MILLARES DE CRISTIANOS.
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PROTOCOLO III
La Serpiente Simbólica y su significación.- La inestabilidad
del equilibrio constitucional.- El terror en los palacios.- El poder
y la ambición.- Las máquinas parlamentarias de hablar.- Los panfletos.-
Los abusos del poder.- La esclavitud económica.- La verdad del Pueblo.
- Los acaparadores y la aristocracia. - El ejército Franc-Masón-Judío.
- La degeneración de los Cristianos.- El hambre y el derecho del
Capital. -La venida y coronación del Amo Universal -El objeto fundamental
del programa de las escuelas populares del porvenir.- El secreto
de la ciencia del orden social.- Crisis económica general -Seguridad
de los nuestros.- El despotismo Franc-Masónico y la Revolución Francesa
o reinado de la razón.- Pérdida de un guía.- El Rey déspota es de
la sangre de Israel.- Causas de la invulnerabilidad de la Franc-Masonería.-
El papel de los agentes secretos de la misma.- La Libertad.
Hoy puedo anunciaros que nos encontramos ya cerca del fin. Nos
queda por recorrer un poco de camino y el círculo de la Serpiente
Simbólica, representación de nuestro pueblo, quedará cerrado. Cuando
esto se verifique, los Estados de Europa quedarán aprisionados como
con un fuerte tornillo. Muy pronto quedará destruido el equilibrio
constitucional, pues lo hemos falseado para que no cese de inclinarse
ya a un lado, ya al otro hasta que por fin la balanza se desgaste.
Los Cristianos creían haber establecido ese equilibrio sólidamente
y siempre estaban esperando que los platillos de la balanza se igualaran.
Pero los gobernantes, es decir, el fiel de la balanza, están protegidos
por sus representantes que hacen mil tonterías y se dejan arrastrar
por su poder sin control y sin responsabilidad. Este poder lo deben
al terror que reina en los palacios. Los gobernantes no pueden siquiera
acercarse a su pueblo, ni ponerse de acuerdo con él para defenderse
contra los que aspiran al poder. La fuerza clarividente de los gobernantes
y la fuerza ciega del pueblo divididas por nosotros, han perdido
toda su importancia; separadas como están, son tan impotentes como
el ciego sin su bastón. Para azuzar a los ambiciosos a abusar del
poder, hemos enfrentado todas las fuerzas desarrollando sus tendencias
liberales hacia la independencia. Hemos estimulado todo instinto
tendente a este objeto; hemos armado a todos los partidos; hemos
hecho del poder el blanco de todas las ambiciones. Hemos transformado
todos los Estados en arenas en que se desarrollan todas las luchas.
Un poco más de tiempo, y los des órdenes y las bancarrotas aparecerán
por dondequiera. Charlatanes inagotables han transformado las sesiones
de los parlamentos y las asambleas gubernativas en torneos oratorios.
Periodistas audaces, panfletistas sin pizca de vergüenza, atacan
todos los días a los gobernantes. Los abusos del poder prepararán
finalmente el derrumbamiento de todas las instituciones y todo caerá
destruido a los golpes de las turbas enloquecidas. Los pueblos están
encadenados a un rudo trabajo, más fuertemente de lo que podrían
encadenarlos la servidumbre y la esclavitud. Sería posible entrar
en arreglos con ellos; pero de su miseria nadie puede librarlos.
Los derechos que hemos consignado en las Constituciones son ficticios
para las masas, no son reales. Todos estos llamados Derechos del
pueblo no pueden existir sino en la imaginación, pero nunca en la
realidad. ¿Qué puede significar para el proletario, para el obrero
que vive encorvado sobre su rudo trabajo, agobiado por su miseria,
el derecho que se concede al charlatán incansable, al periodista
que escribe toda clase de necedades aun de asuntos serios que no
conoce, desde el momento que el proletario no saca otra ventaja
de la Constitución que las miserables migajas que dejamos caer de
nuestra mesa como precio de un voto emitido conforme nuestra consigna
en favor de nuestros agentes e intermediarios?. Los derechos republicanos,
para el pobre diablo no son sino una amarga ironía; la necesidad
de un trabajo diario no le permite gozar; pero en cambio, esos derechos
le privan de la garantía de una ganancia constante y segura, y lo
entregan atado de pies y manos a las huelgas, a los patronos o a
los compañeros. Bajo nuestra dirección ha destruido el pueblo la
aristocracia, que era su protectora, su bienhechora natural, porque
sus intereses estaban inseparablemente unidos a la prosperidad del
pueblo. Una vez destruida la aristocracia, el pueblo ha caído bajo
el yugo de los acaparadores, de los ladrones enriquecidos que lo
oprimen de manera despiadada y cruel. Nosotros debemos aparecer
como libertadores del obrero de ese yugo que lo oprime, proponiéndole
que se aliste en las filas de ese ejército de Socialistas, Anarquistas
y Comunistas, que siempre mantenemos en pie, con el pretexto de
solidaridad entre los miembros de nuestra Franc-Masonería social.
La Aristocracia que disfrutaba, antes, enteramentedel derecho al
trabajo de los obreros, tenía interés en que éstos vivieran bien
alimentados, sanos y fuertes. A nosotros, por lo contrario, lo que
nosinteresa es que los Cristianos degeneren. Nuestra fuerza radica
en el hambre crónica, en la debilidad del obrero. porque éstas lo
subyugan a nuestro capricho, y porque así carecerá en su impotencia
de la energía y la fuerzanecesarias para oponerse a ese capricho.
El hambre dará al Capital más derechos sobre el obrero que los que
jamás otorgaron a la Aristocracia la ley y el poder de los monarcas
(!!!). Mediante la miseria, el odio y la envidia que ella produce,
manejaremos y utilizaremos sus manos para aplastar a los que se
oponen a nuestros designios (!!!). Cuando llegue el tiempo de que
nuestro rey universal sea coronado, esas mismas manos barrerán todo
obstáculo que pudiera atravesarse en el camino a nuestro soberano.
Los Cristianos han perdido la costumbre de pensar por sí mismos
algo que sea distinto de lo que nuestros consejeros científicos
les inspiran. Esta es la razón de que no vean la necesidad urgente
de hacer ahora lo que nosotros haremos al advenimiento de nuestro
reinado, esto es, enseñar en las escuelas primarias la única ciencia
verdadera y la primera de todas, la ciencia del orden social, de
la vida humana, de la existencia de las sociedades, que exige imperiosamente
la división del trabajo, y por consecuencia la distinción de los
hombres en clases y condiciones. Es preciso que todos sepan que
en virtud de las diferentes actividades a que cada uno está destinado,
la igualdad es imposible, pues no todos pueden ser igualmente responsables
ante la ley. No es la misma, por ejemplo, la responsabilidad del
que con sus actos puede comprometer a toda una clase, que la del
que solamente compromete su propio honor. La verdadera ciencia del
orden social, en cuyos secretos no tenemos costumbre de iniciar
a los Cristianos, enseñará a todos que el lugar y el trabajo de
cada uno deben ser diferentes, como una consecuencia de la necesidad
de relación que hay entre la educación y el mismo trabajo. Una vez
que los pueblos estudien y aprendan esta ciencia, obedecerán gustosos
a los gobiernos y al orden establecido por ellos en los Estados,
y al contrario, en el actual estado de la ciencia, tal como nosotros
la hemos hecho, el pueblo, creyendo ciegamente la palabra impresa,
se alimenta de los errores que en su ignorancia, se le van insinuando
por los iniciados en nuestros secretos, contra las otras clases
sociales, que él cree superiores, porque no comprende la importancia
de cada una de ellas. Cuando el pueblo ve que en nombre de la libertad,
se le hacen tantas concesiones, y se tienen con él tantas complacencias,
se imagina que es dueño y señor, y se echa sobre el poder; pero,
naturalmente, tropieza como un ciego con una multitud de obstáculos;
entonces se echa a buscar quien lo conduzca a través de esos obstáculos,
y no encontrándolo, acoge la idea de volver a lo pasado y depone
todos sus poderes a nuestros pies. Acordaos, si no, de la Revolución
Francesa, a la que nosotros hemos dado el calificativo de grande;
los secretos de su preparación no son demasiado conocidos, porque
esa revolución, tal como fue, es obra de nuestras manos. Desde entonces
vamos llevando al pueblo de un desengaño a otro, para que, al fin,
abdique en nosotros su poder, en provecho del Rey Déspota de la
sangre de Israel, que venimos preparando al mundo. En la actualidad,
como fuerza internacional, somos invulnerables, porque, cuando se
nos ataca en un Estado, en otros se nos defiende. Es la cobardía
inmensa de los pueblos cristianos, que se arrastran ante la fuerza,
que no tienen piedad para con la debilidad, ni misericordia para
las faltas ligeras, pero sí indulgencia para el crimen; que no quisieran
tolerar las contradicciones de la libertad, pero son sufridos hasta
el martirio, ante la violencia de un audaz déspota; todo esto, favorece
nuestra independencia. Toleran y sufren a los primerosministros
de estos tiempos con abusos, por el menor de los cuales harían rodar
ensangrentadas las cabezas de veinte reyes. ¿Cómo explicar este
fenómeno, esta inconsecuencia de las masas populares en presencia
de hechosque parecen de la misma naturaleza? Este fenómeno se explica
por el hecho de que estos dictadores- los primeros ministros- hacen,
por medio de sus agentes, decir a sotto voce al pueblo, que si ellos
causan tantos males a los Estados, es con el fin inmediato y último
de alcanzar la felicidad de los pueblos, la fraternidad internacional,
la solidaridad, la igualdad de derechos para todos. Naturalmente
que no se les dice que esta unidad debehacerse bajo nuestra autoridad.
Y aquí tenéis al pueblo condenando a los justos y absolviendo a
los culpables y cada vez más persuadido de que puede hacer cuanto
le plazca. En estas condiciones, el pueblo destruye toda cosa estable
y crea el desorden a cada paso. La palabra Libertad conduce a las
sociedades humanas a la lucha constante contra toda fuerza, contra
todo poder, aunque sea el de Dios y el de la Naturaleza. Aquí tenéis
también por qué a nuestro advenimiento será necesario suprimir del
vocabulario humano esta palabra, como principio de la brutalidad
que transforma a las multitudes en bestias feroces. Es verdad que
las fieras se adormecen cuando se las harta de sangre y que así
puede encadenárselas fácilmente. Pero si no se las da sangre, no
se adormecen y sus instintos de lucha se despiertan.
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PROTOCOLO IV
Las diferentes etapas de una república.- La FrancMasonería
exterior.- La Libertad y la Fe.- La Competencia internacional
del Comercio y de la Industria.- El papel de la especulación.-
El culto del oro.
Toda República pasa por distintas etapas. La primera comprende
los primeros días de locura de un ciego que va dando tumbos a diestra
y siniestra. La segundaes la de la demagogia que da origen a la
anarquía; después viene infaliblemente el despotismo; pero no un
despotismo legal y declarado, y por consiguiente, responsable; sino
desconocido, invisible, que, sin embargo, se hace sentir; un despotismo
ejercido por una organización secreta que obra con tanto menor escrúpulo
cuanto que lo hace amparado y cubierto por distintos agentes, cuyo
cambio, lejos de perjudicarlo, lo sostiene más, dispensándole de
gastar sus recursos, en recompensar largos servicios. ¿Quién
puede destruir una fuerza invisible? Pues tal es la nuestra. La
Franc-Masonería exterior no sirve más que para encubrir nuestros
designios; el plan de acción de esta fuerza, el punto mismo en que
se apoya, quedarán siempre para el pueblo en el más absoluto misterio.
Aun la libertad podría ser inofensiva y existir en el Estado, sin
dañar a la prosperidad de los pueblos, siempre que descansara sobre
el principio de la creencia de Dios, y de la verdadera fraternidad
humana, excluyendo la idea de igualdad, a la que aun las leyes mismas
de la creación son contrarias, supuesto que éstas establecen la
subordinación necesaria. Con esa fe, el pueblo se dejaría gobernar
bajo la tutela de sus pastores espirituales, y caminaría sumiso
y tranquilo bajo la mano de su párroco, resignado con la distribución
que Dios ha hecho de los bienes de la tierra. He aquí por qué es
necesario quenosotros arruinemos la fe y arranquemos de los espíritus
cristianos el principio mismo de la Divinidad sustituyéndolo por
los cálculos y las necesidades materiales (!!!). Así, pues, para
que los espíritus cristianosno tengan tiempo para pensar y reflexionar,
es necesario distraerlos por medio de la industria y del comercio.
De esta suerte todos los pueblosbuscarán su provecho material, y
luchando cada uno por sus propias ventajas, no darán ninguna importancia
al enemigo común. Pero para que la libertadpueda de esa manera disolver
y destruir completamente las Sociedades Cristianas, se necesita
hacer de la especulación la base de la industria, de tal manera
que toda la riqueza que la industria extraiga de la tierra, no quede
en manos de los industriales, que se emplee en especulaciones, esdecir,
venga a parar a nuestras cajas. La lucha encarnizada por lasupremacía,
los choques de la vida económica crearán, mejor dicho, hancreado
ya, sociedades sin ideales, frías y carentes de sentimientos. Estassociedades
sentirán repugnancia por la política noble y elevada y por laReligión.
Su único culto, su única guía será el cálculo, o lo que es lo mismo,
el oro, al que se tributará una verdadera adoración, por razón de
los bienes materiales que proporciona. Entonces, las clases humildes
de los Cristianos nos seguirán en nuestra lucha contra las clases
elevadas y pensantes que están en el poder y son nuestros competidores,
y nos seguirán, no ya para hacer el bien, ni aun siquiera por adquirir
riquezas, sino solamente para satisfacer su odio a los privilegiados.
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PROTOCOLO V
Creación de un fuerte centro de gobierno. - Manera de adueñarse
del poder la Masonería.- Por qué las naciones no pueden entenderse.
-Predestinación de los judíos.- El oro, motor del mecanismo de las
naciones.- Los monopolios en el comercio y la industria.- Importancia
de la crítica.- Las instituciones según se ven.- Cansancio ocasionado
por los discursos.- ¿Cómo adueñarse de la Opinión Pública?.- Importancia
de la iniciativa privada. - El Gobierno Supremo.
¿Qué forma de gobierno puede dárseles a sociedades en las que la
corrupción ha penetrado hasta lo más íntimo, en las que no se llega
a la riqueza sino por medio de sorprendentes y hábiles combinaciones
que pueden ser juzgadas como fraudes o robos disimulados; en las
que reina la licencia de costumbres, en las que la moralidad sólo
se mantiene por medio de penas y severos reglamentos y no por principios
voluntariamente aceptados, en las que los sentimientos de Religión
y Patria apenas viven, ahogados por las creencias cosmopolitas?
¿Qué forma de gobierno dar a esas sociedades sino la forma despótica
que describiré más adelante?. Nosotros arreglaremos mecánicamente
todos los actos de la vida política de nuestros súbditos por medio
de leyes nuevas. Esta leyes reprimirán una por una todas las complacencias
y las más grandes libertades que fueron decretadas por los Cristianos,
y nuestra dominación se distinguirá por un despotismo tan manifiesto
y tan grandioso que estará en condiciones en cualquier tiempo y
lugar de hacer callar a los Cristianos que intenten oponérsenos
y vivan descontentos de nuestro gobierno. Pero se nos podrá objetar
que este despotismo de que hablo no está en armonía con los progresos
modernos. Yo demostraré lo contrario. Cuando los pueblos veían las
personas de los reyes y gobernantes como una verdadera emanación
de la Voluntad Divina, se sometían sin murmuraciones al absolutismo
de los reyes; pero hoy, que nosotros les hemos sugerido la idea
de sus propios derechos, los gobernantes son considerados como unos
simples mortales. La unción divina ha caído de la frente de
los reyes, después que nosotros arrebatamos al pueblo su creencia
en Dios; su autoridad ha rodado por las calles. esto es, por los
lugares que son de pública propiedad, y nosotros la hemos recogido
y nos hemos adueñado de ella. Además, el arte de gobernar a las
masas y a los individuos. por medio de una teoría, de una fraseología
hábilmente combinada, por reglamentaciones de la vida social y por
toda clase de medios ingeniosos, de los que los Cristianos no entienden
una palabra, forma también parte de nuestro talento de gobierno,
educado por el análisis. en la observación, en tales sutilezas de
conceptos en los que nadie puede igualarnos, así como tampoco en
concebir planes de acción política y de solidaridad. Únicamente
los jesuitas podrían igualarnos en este respecto, pero ya hemos
tenido buen cuidado de desacreditarlos a los ojos de las multitudes
estúpidas; porque ellos forman una organización visible, en tanto
que nosotros permanecemos en la sombra con nuestra organización
secreta. Por lo demás, ¿qué importa al mundo quién será su amo?
¿Qué le importa que sea el Jefe del Catolicismo o nuestro Déspota
de la sangre de Sión?. Pero para nosotros, que formamos el pueblo
elegido, la cuestión está muy lejos de sernos indiferente. Una alianza
universal de los Cristianos podría, tal vez, dominarnos por algún
tiempo; pero nos hemos precavido contra este peligro por medio de
los gérmenes de profunda discordia que hemos procurado sembrar en
sus corazones y que nadie puede ya desarraigar. Hemos enfrentado
unos a otros los cálculos individuales y nacionales de los Cristianos;
sus odios religiosos y radicales que venimos fomentando y cultivando
desde hace veinte siglos. Por esto, ningún gobierno encontrará auxilio
en parte alguna. Cada uno pensará que una alianza contra nosotros
es desfavorable a sus intereses. Somos muy fuertes. Es necesario
que se nos tome en cuenta. Las Potencias no pueden concluir el más
insignificante tratado sin que nosotros también tomemos parte en
él. Per me reges regnant- por mí reinan los reyes, han dicho nuestros
profetas, y que somos los elegidos por Dios mismo, para dominar
toda la tierra. Dios nos ha dado el genio para que podamos llegar
hasta el fin de este problema. Hubo un caudillo y guía que hubiera
podido luchar contra nosotros con éxito; pero el recién llegado
siguió un camino distinto del que llevaba el viejo habitante; la
lucha contra nosotros habría sido a muerte y tal como el mundo jamás
la habría visto. Luego... esos hombres de genio llegarían demasiado
tarde. Todas las ruedas del mecanismo de los gobiernos dependen
de un motor que está en nuestras manos: este motor es el oro. La
ciencia de la Economía Política, inventada por nuestros Sabios,
nos ha dado a conocer, después de mucho tiempo, el prestigio y valor
del oro. El capital, para tener libertad de acción necesita obtener
el monopolio de la industria y del comercio, lo que ya está en vías
de realizarse, mediante una mano que opera en todo el mundo, pero
que es invisible. Esta libertad dará más importante desarmar a los
pueblos, que empujarlos a la guerra; utilizar sus pasiones enardecidas
para nuestro provecho mejor que calmarlas; importa más adueñarse
de las ideas de otros y comentarlas, mejor que suprimirlas. El problema
capital de nuestro gobierno está en debilitar el espíritu público
por la crítica; en hacerle perder la costumbre de pensar, pues la
reflexión da origen muchas veces a la oposición; en distraer las
actividades de los espíritus con banales escaramuzas y torneos de
oratoria. Los pueblos, lo mismo que los individuos, siempre han
tomado como hechos las palabras, pues, contentándose con la apariencia
de las cosas, raras veces se toman el trabajo de examinar si las
promesas que se les hacen, relativas a la vida social, sigue su
cumplimiento efectivo. Por esta razón nuestras instituciones deberán
presentar una hermosa fachada que demuestre elocuentemente los beneficios
que puede reportar el progreso a todos los hombres. Debemos apropiarnos
la fisonomía de todos los partidos, de todas las distintas tendencias
y enseñar a nuestros oradores a hablar tanto, que el mundo se canse
de oírlos. Para adueñarse de la opinión pública es necesario tenerla
siempre suspensa y vacilante, expresando por todos lados y por largo
tiempo tantas opiniones contradictorias, que los Cristianos acabenpor
perderse en este laberinto de ideas y por persuadirse que es mejor
para ellos no tener opinión ninguna en política. Cuestiones son
éstas que la Sociedad no debe conocer. Este es el primer secreto.
El segundo, necesario también para gobernar con éxito, consiste
en multiplicar de tal manera los defectos del pueblo, las malas
costumbres, las pasiones, los reglamentos de la vida común, que
no haya nadie capaz de desenmarañar este caos y que los hombres
acaben por no entenderse entre sí. Esta táctica nos dará también
por resultado sembrar la discordia en todas partes y disgregar todas
las fuerzas colectivas que no hayan querido sometérsenos; desalentará
toda iniciativa personal, aun la más ingeniosa, y será más
poderosa y eficaz que los mismos millones de hombres en cuyo seno
hemos sembrado la discordia. Necesitamos dirigir la educación de
las sociedades cristianas en tal forma, que sus manos caigan abatidas
en un gesto de desesperada impotencia ante cualquier negocio que
exija iniciativa. El esfuerzo que se ejerce sobre el régimen de
una libertad sin límites es impotente, porque tropieza con los esfuerzos
libres de otros. De aquí se originan molestos y enojosos conflictos
morales, decepciones y fracasos. NOSOTROS CANSAREMOS DE TAL MANERA
A LOS CRISTIANOS CON ESTA LIBERTAD, QUE LES OBLIGAREMOS A QUE NOS
OFREZCAN UN PODER INTERNACIONAL CUYA DISPOSICIÓN SERÁ TAL QUE SIN
ROMPERLAS, PUEDA ENGLOBAR LAS FUERZAS DE TODAS LAS NACIONES DEL
MUNDO Y FORMAR EL SUPERGOBIERNO UNIVERSAL. En lugar de los actuales
Gobiernos, estableceremos uno verdaderamente terrible que se llamará
ADMINISTRACIÓN DEL SUPERGOBIERNO. Sus manos alcanzarán a todas partes,
a manera de unas enormes tenazas, y su organización será tan colosal
que ningún pueblo podrá dejar de sometérsenos.
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PROTOCOLO VI
Los monopolios. - Las riquezas de los Cristianos.- Su dependencia
de esos monopolios.- La Aristocracia despojada de riqueza territorial.-
El Comercio, la Industria y la Especulación. - El lujo. - El alza
de los salarios. - Encarecimiento de artículos de primera necesidad
. - La anarquía y la embriaguez. - La significación secreta de las
teorías económicas y de su propaganda.
Muy pronto constituiremos enormes monopolios, verdaderos almacenes
de riquezas colosales, a los que los capitales de los Cristianos,
aun los más grandes, defenderán de tal manera que al final serán
absorbidos, así como el crédito de los Estados en vísperas de una
catástrofe política. Señores economistas que estáis aquí presentes,
¡Considerad la importancia de esta combinación!.... Necesitamos
por todos los medios posibles tratar de explicar y desarrollar la
importancia de nuestro Super Gobierno, representándolo como el protector
y remunerador de todos los que voluntariamente se le sometan. La
aristocracia de los Cristianos como fuerza política ha desaparecido
y ya no tenemos que tomarla en cuenta; pero como propietaria de
bienes territoriales, puede perjudicarnos en proporción de la independencia
que pueden proporcionarle esos recursos. Es, pues, absolutamente
necesario despojarla totalmente de sus tierras. El medio más eficaz
para conseguirlo es el de aumentar los impuestos sobre la propiedad
territorial a fin de gravar la tierra. Esta medida mantendrá la
propiedad territorial en una dependencia absoluta. Los aristócratas
Cristianos, al pasar la propiedad de padres a hijos, no sabiendo
contentarse con menos de lo que tenían, quedarán arruinados. Al
mismo tiempo hay que proteger eficazmente el comercio y la industria,
y más todavía, la especulación, cuyo papel es servir de contrapeso
a la industria. Sin la especulación, la industria aumentaría los
capitales particulares, mejoraría la agricultura, librando las tierras
de los gravámenes asignados por los préstamos de los bancos hipotecarios
de crédito territorial. Es necesario que la industriaprive a la
tierra del fruto, tanto del capital como del trabajo, y que ponga
en nuestras manos para la especulación todo el oro del mundo, obligados
en fuerza de estas combinaciones a quedar relegados a las filas
del proletariado, todos los Cristianos se inclinarán ante nosotros
para tener como único derecho el de existir. Para arruinar la industria
de los Cristianos daremos un gran impulso a la especulación y al
gusto por el lujo, ese lujo que todo lo devora. Haremos subir los
salarios, pero de tal manera que esta alza no reporte ningún
provecho a los obreros, porque al mismo tiempo habremos provocado
el encarecimiento de todos los artículos de primera necesidad, haciendo
creer que ese encarecimiento es debido a ladecadencia y postración
de la agricultura y a la misma elevación de los jornales, y minaremos
además profundamente las fuentes de producción habituando al obrero
a la anarquía y a la embriaguez, y tomaremos tambiéntodas las medidas
posibles para quitar la tierra de las manos de los Cristianos inteligentes.
Para impedir que esta situación sea conocida antes de tiempo bajo
su verdadero aspecto, disfrazaremos nuestros verdaderos designios
con el aparente deseo de servir y ser útiles a los obreros y de
propagar los grandes principios económicos que enseñamos en los
tiempos actuales.
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PROTOCOLO VII
Porqué deben aumentarse los armamentos. - Perturbaciones,
discordias y odios en todo el mundo.- Represión de la oposición
de los Cristianos por las guerras y por la Guerra General.- El Secreto,
garantía del éxito en política.- La prensa y la opinión pública.-
Los señores americanos, japoneses y chinos.
El aumento de los Ejércitos y de la Policía es complemento necesario
del plan que hemos expuesto. Es necesario que en todos los Estados
no queden fuera de nosotros sino las masas de proletarios, algunos
millonarios que nos sean adictos, policías y sol dados. En toda
Europa, lo mismo que en los otros continentes, tenemos que suscitar
la discordia, el odio y el desorden. El provecho de estos disturbios
es doble. Por un lado, el respeto de todos los países que así sabrán
que podemos, cuando queramos, provocar el desorden o restablecer
el orden, por otro, todos los Estados se acostumbrarán de este modo
a considerarnos como una carga necesaria. En segundo lugar, nuestras
intrigas enredarán todos los hilos que tenemos tendidos en los Gabinetes
de las Naciones, y esto por medio de la política, de convenios económicos
y arreglos financieros. Para llegar a nuestros fines necesitaremos
desplegar una astucia muy grande en el curso de los arreglos y conferencias;
pero, en lo que se llama lenguaje oficial, seguiremos una táctica
opuesta apareciendo siempre como honrados y conciliadores. De esta
suerte, los pueblos y los gobiernos de los Cristianos, a quienes
tenemos ya acostumbrados a no ser más que la apariencia de las cosas
que les presentamos, nos tendrán una vez más por los bienhechores
y salvadores del género humano. A cualquier oposición que surja
deberemos estar en aptitud de hacer declarar la guerra por la Nación
vecina a los que se atreven a enfrentársenos; y si esta Nación vecina
tuviera el atrevimiento de formar una alianza contra nosotros, deberemos
rechazarla por una guerra general. El camino que más seguramente
lleva al éxito en política es el secreto en todo lo que se emprende:
la palabra del diplomático nunca debe estar de acuerdo con sus actos.
Debemos obligar con eficacia a los gobiernos cristianos a obrar
según el plan que hemos concebido con amplitud y que toca ya a su
fin. La opinión pública nos ayudará; esta opinión pública, que es
la gran potencia, la prensa, secretamente ha venido también a caer
en nuestrasmanos. Con pocas excepciones, sin importancia que es
inútil tener en cuenta, la prensa toda depende de nosotros. En una
palabra, para abreviar: he aquí nuestro sistema de coerción de los
gobiernos cristianos en Europa. A uno, le haremos ver nuestra fuerza
por medio de los atentados, esto es, del terror; a todos, si es
que todos se revuelven contra nosotros, contestaremos con los cañones
americanos, chinos o japoneses.*
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PROTOCOLO VIII
Debemos apropiarnos todos los instrumentos que nuestros contrarios
pudieran utilizar cont Uso equívoco del derecho jurídico.-
Los colaboradores del régimen Franc-Masón.- Escuelas particulares.-
Educación superior particular.- Economistas y millonarios.- A quién
deben confiarse los puestos de responsabilidad en el gobierno.
ra nosotros. Debemos encontrar en las sutilezas y minucias del
lenguaje jurídico una justificación para aquellos casos en que nos
veamos en la necesidad de pronunciar sentencias que pudieran parecer
demasiado atrevidas o injustas; pues importa mucho al formular tales
sentencias hacerlo en términos que revistan la apariencia de máximas
morales muy elevadas y un aspecto netamente legal. Nuestro gobierno
debe rodearse de todas las fuerzas de la civilización, en medio
de la que tiene que operar. Conforme a esto, se rodeará de publicistas,
de jurisconsultos experimentados, de hacendistas, de diplomáticos,
en una palabra, de hombres preparados por una educación superior
especial en es cuelas también especiales. Estos hombres deberán
conocer los secretos de la existencia social, todos los idiomas
formados de letras y de palabras políticas; deberán tener conocimiento
de las inclinaciones y costumbres de la naturaleza humana, de sus
cuerdas sensibles que deben saber tocar con acierto. Estas cuerdas
son: la ternura del alma de los Cristianos, sus inclinaciones, sus
debilidades, sus vicios y sus cualidades, sus particularidades de
clase y condición. Ya se sobreentiende que esos colaboradores
de nuestro gobierno no serán sacados de entre los Cristianos acostumbrados
a desempeñar el trabajo administrativo sin preocuparse del
resultado feliz. Los gobernantes cristianos firman lospapeles sin
leerlos; sirven por interés personal o por ambición. Rodearemos
asimismo nuestro gobierno de todo un mundo de economistas. He aquí
por qué las ciencias económicas son las más útiles y por qué importa
tanto que seenseñen a los judíos. Estaremos rodeados de una pléyade
de banqueros, industriales, capitalistas y más que todo esto, de
millonarios, supuestoque, en último término los guarismos son los
que todo lo deciden. Por algún tiempo. mientras llega el momento
de confiar sin peligro los puestos de responsabilidad en los gobiernos
de las naciones a nuestros hermanos judíos, los encomendaremos a
individuos cuyo pasado y carácter sean tales que en caso de desobediencia
a nuestros mandatos no les quede otra cosa que esperar sino el destierro
o la muerte; así ellos defenderán nuestros intereses hasta el último
aliento.
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PROTOCOLO IX
Aplicación de los principios masónicos en la reeducación de
los pueblos. - La palabra de orden del Franc-Masón.- Importancia
del Antisemitismo.- La dictadura de la Franc-Masonería.- El Terror.-
Instrumentos de la Masonería.- La fuerza inteligente y la fuerza
ciega de los reinos cristianos.- Participación del poder con el
Pueblo. -- La arbitrariedad liberal. Usurpación de la instrucción
y la educación.- Interpretación de las leyes.- Los metropolitanos.
En la aplicación de nuestros principios debéis atender al carácter
del pueblo en medio del que vivís y tenéis que operar: Una aplicación
general y uniforme de estos principios, antes que hayamos reeducado
al pueblo, no puede dar buenos resultados. Pero aplicándolos prudentemente
veréis que no pasarán diez años sin que el carácter más obstinado
no haya sufrido transformación y que no contemos con un pueblo más,
bajo nuestra dependencia. Cuando llegue nuestro reinado, sustituiremos
nuestras palabras de orden liberal LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD
no por otras palabras de orden, sino por las mismas trasladadas
a su rango de meros conceptos abstractos; nosotros diremos:
el derecho a la libertad; el deber de la igualdad; el ideal de la
fraternidad. Cogeremos al toro por los cuernos, sin tapujos ni reticencias:
hemos destruido ya todos los gobiernos excepto el nuestro; más aún,
en muchas partes el nuestro es ya un gobierno de jure. En la actualidad,
si hay algunas naciones que levantan protestas contra nosotros,
es por mera fórmula, u obedeciendo a nuestros deseos o mandatos,
porque el Antisemitismo nos es en cierto modo necesario para gobernar
a nuestros hermanos menores. No os explicaré esto con mayor claridad,
pues es punto que más de una vez ha sido tratado en nuestras reuniones.
En realidad, no hay ya más obstáculos que nos detengan en nuestro
camino. Nuestro Super-Gobierno se halla en las condiciones extralegales
que se ha convenido en llamar con una palabra demasiado enérgica:
DICTADURA En conciencia, puedo afirmar que actualmente somos los
legisladores los que dictamos sentencias en materia de justicia,
los que condenamos a muerte y otorgamos gracia: Somos como el jefe
de un gran ejército y marchamos a su frente, jinetes en el brioso
corcel de su general supremo. Gobernaremos con mano firme, pues
tenemos en ella las riendas de un partido que fue fuerte en otro
tiempo, hoy sometido a nosotros. Tenemos en nuestras manos ambiciones
desmedidas, avideces ardientes, venganzas despiadadas, odios rencorosos.
De nosotros proviene ese terror que todo lo ha invadido. Bajo nuestras
órdenes militan hombres de todas las opiniones, de todas las creencias;
restauradores de la monarquía, demagogos, socialistas, comunistas,
y todo género de utopías; a todo el mundo hemos enganchado en nuestra
empresa, y cada uno de ellos va minando las ruinas de poder y se
afana por acabar de derribar lo que aún queda en pie. Todas las
naciones experimentan convulsiones y reclaman tranquilidad; están
prontas a sacrificarlo todo a cambio de un poco de paz; pero esa
paz anhelada no se la daremos mientras no reconozcan nuestro Super-Gobierno
abiertamente y con completa sumisión. El pueblo todos los días está
gritando que es necesario dar una solución a la cuestión social
por medio de un acuerdo internacional en la materia. La división
del pueblo en partidos lo ha puesto en nuestras manos, pues para
sostener una lucha es indispensable dinero, y el dinero somos nosotros
los que lo tenemos en nuestro poder. Podríamos temer una alianza
de la fuerza inteligente de los gobernantes con la fuerza ciega
de los pueblos, pero hemos tomado todas las medidas que dicta la
prudencia para conjurar este peligro: entre esas dos fuerzas hemos
levantado una muralla, esto es un terror recíproco. De esta suerte
la fuerza ciega del pueblo nos sirve de apoyo y sólo nosotros la
podremos dirigir con toda precisión hacia nuestros fines. Y para
que las manos de ese ciego, el pueblo, no puedan rechazar nuestra
dirección, necesitamos de tiempo en tiempo ponernos en contacto
directo con él, si no personalmente, al menos con la intervención
de nuestros hermanos más fieles. Cuando ya seamos un gobierno reconocido,
conversaremos nosotros mismos con el pueblo en las plazas públicas;
lo instruiremos respecto de las cuestiones políticas en el sentido
que nosotros necesitamos. ¿Cómo verificar lo que se enseña
en las escuelas del pueblo?. Lo que diga el comisionado del gobierno
o el mismo gobernante, no puede dejar de conocerse luego en todo
el Estado, porque se difundirá inmediatamente por la voz del pueblo.
Para no destruir prematuramente las instituciones de los Cristianos,
hemos movido por medio de una mano inteligente todos los resortes
de su mecanismo. Estos resortes estaban dispuestos en un orden severo,
pero justo; nosotros los hemos reemplazado por una arbitrariedad
desordenada. Hemos desarreglado la jurisdicción, las elecciones,
la prensa, la libertad individual, y más que nada, la educación
y la instrucción, que son las piedras angulares en las que la existencia
libre debe descansar.Hemos corrompido, embrutecido y prostituido
la juventud cristiana por una educación cimentada en principios
y teorías que sabemos son falsos y que no obstante han sido inspirados
por nosotros.A más de esto, las leyes existentes, sin mudarlas en
su esencia, las hemos desfigurado con interpretaciones contradictorias,
obteniendo resultados admirables. Estos se manifiestan desde luego
en esas glosas y comentarios, disfrazando las leyes, han sido ocultadas
discretamente a los ojos de los gobernantes y las han dejado imposibles
de reconocer en medio de una legislación por demás embrollada.De
aquí procede la teoría del tribunal de la conciencia. Y vosotros
diréis que si los pueblos se dan cuenta antes de tiempo de estas
maniobras, se revolverán contra nosotros con las armas en la mano;
pero si llegara este caso, en todos los países de Occidente tenemos
preparada una maniobra tan terrible, que aún los ánimos más esforzados
temblarán: en todas las grandes capitales se irán estableciendoLos
metropolitanos (tranvías subterráneos) y nosotros los volaremos
por medio de la dinamita con todas las organizaciones y todos los
documentos del país.
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PROTOCOLO X
La fuerza de las cosas en política.- La genialidad de la bajeza
.- Lo que promete el golpe de Estado Franc-Masónico.- El Sufragio
Universal.- La estima de sí mismo.- Los jefes de los Franc-Masones.-
El guía genial de la Masonería.- Las Instituciones y sus funciones.-
El veneno del Liberalismo. La Constitución, escuela de disensiones
de partidos.- La Era Republicana.- Los Presidentes, hechuras de
Masonería.- Responsabilidad de los Presidentes.- El Panamá.
El papel de la cámara de los diputados y del Presidente.- La Franc-Masonería,
fuerza legislativa.- La nueva Constitución Republicana.- Tránsito
a la Autocracia Franc-Masónica. - Momento de la proclamación del
rey universal. - Inoculación de enfermedades y otros crímenes de
la Franc-Masonería.
Empiezo hoy por repetir lo que ya os he dicho, rogándoos recordéis
que los gobiernos y los pueblos no ven sino la apariencia de las
cosas. y ¿cómo podrían desentrañar su sentido íntimo cuando sus
representantes no sueñan sino en divertirse? Mucho importa para
nuestra plática conocer este detalle, pues, nos servirá de mucho
cuando lleguemos a tratar y discutir sobre la división del poder,
la libertad de palabra, de prensa, de conciencia, el derecho de
asociación, de la igualdad ante la ley, la inviolabilidad de la
propiedad y domicilio, los impuestos y la retroactividad. Todas
estas cuestiones son tales que nunca es necesario tratarlas ante
el pueblo directamente y abiertamente. En los casos en que sea preciso
tocarlas, no hay que enumerarlas, sino declarar en globo que los
principios del derecho moderno son reconocidos por nosotros. La
importancia de esta reticencia consiste en que un principio que
no se nombre, nos deja en libertad de excluir esto o aquello, sin
que nadie lo advierta, mientras que si los enumeramos tenemos que
aceptarlos sin reservas. El pueblo siente un amor particular y una
grande estimación por los genios políticos y responde a todos sus
actos de violencia con estas o parecidas palabras: . Es un canalla,
pero qué listo!...¡Esto es el colmo de la habilidad! . Qué golpe
más bien dado. ¡Pero qué bribón! Nosotros contamos con atraer a
todas las naciones para la construcción de un nuevo edificio fundamental
del que tenemos ya proyectado el plan. He aquí por qué, ante todo,
tenemos necesidad de hacer provisión de esta audacia y fuerza de
espíritu que en la persona de nuestros actores han de destruir todos
los obstáculos que se oponen a nuestro paso. Una vez dado nuestro
golpe de estado diremos a los pueblos: Todo iba horriblemente mal;
todos hemos tenido que sufrir por una causa o por otra; esto era
ya insoportable. Hemos destruido las causas de vuestros sufrimientos,
las nacionalidades, las fronteras, la diversidad de monedas. Indudablemente
que sois muy libres de jurarnos obediencia o no; ¿pero podéis hacerlo
con justicia si lo hacéis antes de experimentar lo que os hemos
dado?... Entonces nos exaltarán y llevarán en triunfo con un entusiasmo
unánime, y lleno de esperanzas. El sufragio universal, del que hemos
hecho el instrumento de nuestra entronización, y al que hemos acostumbrado
a los más insignificantes iniciados que forman parte de la colectividad
humana, por medio de reuniones, de grupos y de alianzas, representará
por última vez su papel expresando el voto unánime de la humanidad
de conocernos antes de juzgarnos. Para esto es necesario arrastrar
a todo el mundo hacia el sufragio universal, sin distinción de clases
y sin censos electorales, para establecer así el absolutismo de
las mayorías que no se puede obtener de las clases de contribuyentes
y pensantes. Una vez acostumbrado el mundo de esta manera a la idea
de su propio valer, queda destruida la importancia de la familia
cristiana y las trascendencias que tiene en la educación y no permitiremos
que surjan personalidades a las que las turbas, dirigidas por nosotros,
no permitirán que se destaquen ni siquiera que levanten la voz;
las multitudes están acostumbradas a no escuchar sino a nosotros,
que les pagamos su obediencia y su atención. De esta suerte haremos
del pueblo una fuerza tan ciega, que no habrá en el Estado ninguno
que esté dispuesto a hacer cualquier movimiento sino bajo la dirección
de los agentes que nosotros pongamos para que los dirijan como jefes.
El pueblo se someterá a esta dirección, pues sabe bien que de esos
nuevos jefes dependen las ganancias, las gratuitas recompensas y
toda clase de bienes. Un plan de gobierno debe ser proyectado por
un solo hombre, pues resultaría incoherente si muchos talentos se
distribuyen la tarea de formarlo. Así, nosotros podemos conocer
un plan de acción; pero no debemos discutirlo para no romper su
carácter peculiar, la trabazón de sus partes, la fuerza práctica
y la significación oculta de cada uno de sus puntos. Que el sufragio
universal lo discuta y lo manosee, por decirlo así, y esto sólo
bastará para que adquiera el carácter de todas las falsas concepciones
de inteligencias que no penetran la profundidad y el enlace de los
pensamientos. Sean nuestros planes sólidos y bien concebidos como
es necesario. Por eso no debemos arrojar las producciones de talento
de nuestros jefes a los pies de las multitudes, ni abandonarlas
tampoco en manos de sociedades de cortos alcances. Estos planes
no destruirán por lo pronto las instituciones modernas. Solamente
modificarán su economía, y en consecuencia, todo su desarrollo que
se orientará de conformidad con nuestros proyectos. Casi en todas
las naciones existen las mismas cosas, aunque tal vez con distintos
nombres: la Representación, los Ministerios, el Senado, el Consejo
de Estado, el Cuerpo Legislativo v el Cuerpo Ejecutivo. No tengo
necesidad de explicaros el mecanismo de las relaciones de estas
instituciones entre sí, porque os es bien conocido; notad solamente
que cada una de estas instituciones corresponde a una función importante
del Estado, y os ruego que toméis también en consideración que es
la función y no la institución la que yo llamo importante, no son,
pues, las instituciones las que son de importancia, sino sus funciones.
Las instituciones se han distribuido entre sí todas las funciones
del gobierno: funciones administrativas. legislativas y ejecutivas.
De esta manera, las instituciones desempeñan en el organismo del
Estado un papel semejante al de los órganos en el cuerpo humano.
Si nosotros trastornamos una parte de la máquina del Estado, éste
caerá enfermo como el cuerpo humano, y morirá. Después de haber
inoculado en el organismo del Estado el veneno del Liberalismo,
toda su constitución se ha trastornado; los estados están enfermos
de una enfermedad mortal, la descomposición de la sangre; no queda
ya más que esperar que el término de su agonía. Del Liberalismo
han nacido los gobiernos constitucionales que han reemplazado entre
los Cristianos a una saludable autocracia, y la constitución, como
sabéis vosotros, no es más que una escuela de desórdenes, de malas
inteligencias, de discusiones, de disputas, de agitaciones estériles
de partidos; en una palabra, es la escuela de todo aquello que hace
a un Estado perder su personalidad e individualidad. La tribuna
lo mismo que la prensa, ha condenado a los gobiernos a la inacción
y a la debilidad y los han hecho poco necesarios, inútiles, lo que
fácilmente explica que sean derribados. La era republicana ha llegado
así a ser posible; hemos reemplazado el gobierno por una caricatura
de gobierno, por un presidente que sacamos de la multitud, de entre
los miles de hechuras y esclavos nuestros. Allí está el fondo de
la mina cavada por nosotros bajo el suelo de los pueblos cristianos.
En porvenir no lejano, crearemos la responsabilidad de los presidentes.
Entonces, sin molestarnos, provocaremos acontecimientos de los que
nuestra creación impersonal tendrá que responder. ¿Qué nos importa
si las filas de los que aspiran al poder se van aclarando, si surgen
dificultades capaces de desorganizar completamente una nación?..
En previsión de este resultado, fraguaremos la elección de presidentes
que tengan en su pasado alguna mancha infamante oculta, algún Panamá.
El temor a las revelaciones y al escándalo y el deseo de todo hombre
que llega al poder de conservar sus privilegios y los honores que
consigo lleva el puesto, los convertirán en fieles ejecutores de
nuestras órdenes. La Cámara de Diputados encubrirá, defenderá, elegirá
a los presidentes; pero le quitaremos el derecho de iniciar leyes
y de modificarlas: este derecho se le adjudicará al presidente,
que no será sino un juguete en nuestras manos. El poder del gobierno
vendrá a ser blanco de todos los ataques. Nosotros le daremos el
derecho de apelar a la decisión del pueblo, sin tener que acudir
a la intervención de sus representantes, la Cámara; es decir: el
derecho de recurrir a nuestro servidor ciego e incondicional: la
mayoría. Además, daremos al presidente el derecho de declarar la
guerra. Fundaremos este último derecho alegando que el presidente,
como jefe de todo el ejército de la nación, debe tenerlo a su disposición
para defender la nueva constitución republicana, de la que él, el
presidente, es el representante responsable. En estas condiciones
el Jefe del Santuario (la llave de la situación) estará en nuestras
manos y nadie, excepto nosotros, podrá encauzar la fuerza legislativa.
Retiraremos además a la Cámara, al implantar la nueva Constitución,
el derecho de interpelación, bajo el pretexto de que ese derecho
es contrario a la salvaguardia del secreto político. Igualmente
restringiremos por la nueva Constitución el número de representantes
al mínimum, lo que producirá el efecto de disminuir un tanto las
pasiones políticas y la pasión por la política. Si, contra lo que
esperamos, esas pasiones políticas se despertaran aún en ese corto
número de representantes, lo reduciremos a nada, por medio de un
llamamiento a la mayoría del pueblo. Dependerán del Presidente los
nombramientos de presidente y vicepresidente de la Cámara y del
Senado. En lugar de sesiones parlamentarias permanentes, limitaremos
las sesiones a unos meses. Además el Presidente, como jefe del poder
ejecutivo, tendrá el derecho de convocar o disolver el parlamento,
y en este último caso, el de aplazar el momento para una nueva convocación.
Pero, para que las consecuencias de todos estos actos, realmente
ilegales, no recaigan sobre la responsabilidad establecida por nosotros
del presidente, en lo relativo a nuestros planes, sugeriremos a
los ministros y demás funcionarios que rodean al Presidente la idea
de sobrepasar las disposiciones de éste, con sus propias medidas,
de tal manera que ellos (los ministros) vengan a resultar los responsables.
Aconsejamos encomendar esta actuación, principalmente, al Senado
o al Consejo de Estado o de Ministros, más bien que a un solo individuo.
El Presidente interpretará conforme a nuestros deseos las leyes
existentes que sean susceptibles de distintas interpretaciones;
las anulará cuando le demostremos la necesidad de hacerlo; tendrá
derecho de proponer leyes provisionales, y aun nuevo cambio de Constitución,
con pretexto del bien supremo del Estado. Estas medidas nos darían
el medio de destruir poco a poco y paso a paso todo aquello que
en el momento de posesionarnos del poder nos hayamos visto obligados
a incluir en las Constituciones de los pueblos; por este medio pasaremos
insensiblemente a la supresión de toda Constitución cuando llegue
la ocasión y el momento de agrupar todos los gobiernos bajo nuestra
autocracia. El reconocimiento de ella puede llegar antes de la supresión
de la Constitución, si los pueblos, cansados de tantos desórdenes
y de la frivolidad de sus gobernantes dan engritar. Echadlos y dadnos
un rey universal que pueda unirnos y acabar conlas causas de nuestras
discordias: las fronteras internacionales, las religiones, los cálculos
e intereses de Estado: un rey que nos dé esta paz, esta tranquilidad
que no podemos alcanzar con nuestros gobernantes y representantes.
Sabéis muy bien vosotros que para que estos deseos se realicen es
necesario perturbar constantemente en todos los pueblos las relaciones
entre ellos y sus gobiernos, con el propósito de cansar a todo el
mundo con la desunión, la enemistad, el odio, y aun con el martirio,
el hambre, la propagación de enfermedades y la miseria para que
los Cristianos no encuentren otra salvación que la de recurrir a
nuestra plena y absoluta soberanía. Si damos a los pueblos una tregua
para respirar, tal vez el momento favorable no llegará jamás.
índice
PROTOCOLO XI
El programa de la nueva Constitución.- Algunos pormenores del
golpe de Estado proyectado.- Los Cristianos, rebaño de borregos.-
La Franc-Masonería secreta y sus logias de apariencia.
El Consejo de Estado tiene por objeto hacer destacar el poder
del gobierno: bajo la apariencia de un cuerpolegislativo, será en
realidad un comité de redacción de las leyes y de los decretos del
gobierno. He aquí elPrograma de la nueva Constitución que preparamos:
Crearemos la Ley, el derecho y el tribunal.- l), bajo la forma de
proposiciones al Cuerpo Legislativo. 2), por medio de decretos presidenciales,
por actas del Senado y por resoluciones del Consejo de Estado, bajo
la forma de órdenes ministeriales; 3), en caso de que se juzgue
oportuno, por medio del golpe de estado. Una vez que de manera aproximada
dejamos establecido este modus vivendi, tratemos algo más detalladamente
de las medidas que nos servirán para acabar la transformación del
Estado en el sentido de que ya hemos hablado. Pretendo hablar de
la libertad de la prensa, del derecho de asociación, de la libertad
de conciencia, del principio electivo, y de otras muchas cosas que
deberán desaparecer del repertorio humano, o al menos alterarse
radicalmente, tan luego como la nueva Constitución se haya promulgado.
Entonces será cuando nos sea posible promulgar todas nuestras leyes
al mismo tiempo. Después, cualquier cambio sensible sería perjudicial
por esta razón: si la modificación se opera en el sentido de la
severidad y del rigor, puede causar la desesperación provocada por
el temor de nuevos cambios en el mismo sentido; si, por el contrario,
es en el sentido de mayores complacencias, se dirá que hemos reconocido
nuestros errores, y esto debilitará el prestigio de la infalibilidad
de nuestro gobierno, o bien se dirá que hemos tenido temor y nos
vimos obligados a hacer concesiones, que nadie nos agradecerá ni
a nadie obligarán con nosotros. Ambas cosas perjudican el prestigio
de la nueva Constitución. Queremos que desde el día de su promulgación,
cuando los pueblos estén aún estupefactos por el golpe de estado
que hemos de dar, cuando estén aún invadidos por el terror y perplejos,
en ese preciso momento reconozcan que somos tan fuertes, tan invulnerables,
tan poderosos, que no contaremos con ellos para nada; que no solamente
no atenderemos sus opiniones y pareceres, sino que estamos dispuestos
y a punto de reprimir toda expresión, toda manifestación de estos
deseos y de estas opiniones, con una autoridad indiscutible; que
de un solo golpe nos hemos adueñado de todo lo que nos era necesario
y que en ningún caso estamos dispuestos a compartir nuestro poder
con ellos... Entonces cerrarán los ojos y dejarán venir los acontecimientos...
Los Cristianos son un rebaño de carneros y nosotros somos para ellos
los lobos. Y ¿ya sabéis lo que sucede a los corderos cuando el lobo
llega a penetrar en el redil? Cerrarán aún los ojos, sobre todo,
por las promesas que les haremos de volverles todas las libertades
que les hemos arrebatado, cuando los enemigos de la paz se hayan
calmado y los partidos queden reducidos a la impotencia. ¡Por supuesto
que los Cristianos podrán esperar sentados la vuelta del pasado!...
¿Para qué habíamos de inventar e inspirar a los Cristianos toda
esta política sin darles los medios de conocerla a fondo, sino para
poder emprender en secreto lo que nuestra raza dispersa no podía
intentar directa y abiertamente? Esto nos ha servido de base para
nuestra organización de la Franc-Masonería secreta, que no es conocida
y cuyos designios ni aunsiquiera sospechan los imbéciles Cristianos,
alistados por nosotros en el ejército visible de las logias para
distraer las miradas de los hermanos. Dios nos ha dado a nosotros,
su pueblo elegido, la dispersión, y en esta debilidad de nuestra
raza radica nuestra fuerza que hoy nos conduce al solio de un reino
universal. Poco es lo que nos falta edificar sobre estos cimientos.
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PROTOCOLO XII
Interpretación masónica de la palabra Libertad.- Porvenir
de la prensa en el reinado de los Franc-Masones.- El control de
la prensa. Argucias de corresponsales.- Lo que es el progreso para
los Franc-Masones.- Su solidaridad en la prensa moderna.- Exageración
de las exigencias sociales.- Infalibilidad del nuevo régimen.
La palabra Libertad, que se puede definir de distintas maneras,
nosotros la definiremos así: Libertad es el derecho que cada uno
tiene de hacer lo que permite la ley. Tal interpretación de esta
palabra en estos tiempos hará que toda la libertad esté en nuestras
manos, porque las leyes destruirán o crearán lo que nos agrade,
conforme al programa expuesto más arriba. Con la prensa obraremos
de la manera siguiente: ¿Qué papel desempeña la prensa en la actualidad?
Ella sirve para encender las pasiones o mantener el egoísmo de los
partidos. La prensa es banal, injusta, aduladora, y los hombres,
en su gran mayoría, no comprenden bien para qué sirve. Nosotros
la domaremos y la enfrenaremos con fuertes riendas, y otro tanto
haremos con las demás obras impresas, porque ¿de qué nos serviría
desembarazarnos de la prensa y del periódico si hemos de ser el
blanco de los ataques del libro y del folleto? Transformaremos la
publicidad, que bastante caro nos ha costado hasta ahora, censurando
los periódicos y convirtiéndolos en una fuente de ingresos para
el Estado. Crearemos un impuesto especial para la prensa. Al fundarse
un periódico, o al establecerse una imprenta, exigiremos una participación.
Con esta medida quedará garantizado nuestro gobierno de todo ataque
por parte de la prensa. En ocasiones, aun sin mérito para ello,
impondremos multas. Estampillas, participaciones y multas producirán
un buen ingreso al Estado. Es verdad que los periódicos de los partidos
podrían soportar estas pérdidas pecuniarias, pero los suprimiremos
a la segunda vez que nos ataquen. Nadie osará tocar impunemente
la aureola de nuestra infalibilidad gubernamental. El pretexto para
suprimir un periódico podrá ser, por ejemplo, que el órgano en cuestión
agita los ánimos sin razón ni motivo. Fijaos bien, os ruego, en
que entre aquellos periódicos que nos atacarán, habrá algunos creados
por nosotros mismos; pero éstos dirigirán sus tiros exclusivamente
a aquellos puntos en los que nosotros deseamos algún cambio. Nada
se dará a conocer a las sociedades fuera de nuestro control. Ya
desde ahora hemos obtenido este resultado por el hecho de que todas
las noticias se reciben por nuestras agencias, en las que esas noticias
de todo el mundo vienen a centralizarse. Estas agencias entonces
serán exclusivamente nuestras y no publicarán sino lo que nosotros
les ordenemos. Si ya desde ahora nos hemos podido adueñar de las
inteligencias en las sociedades cristianas, a tal grado que casi
todos los hombres ven los acontecimientos mundiales solamente a
través de las lentes de color que ponemos delante de los ojos; si
desde ahora no hay ya para nosotros cerradura que nos impida apoderarnos
de lo que los Cristianos torpemente llaman Secreto de estado, ¿qué
será cuando seamos los dueños reconocidos como tales del mundo,
en la persona de nuestro rey universal? Cualquiera que desee ser
editor, librero, bibliotecario, publicista o impresor, tendrá la
obligación de obtener un diploma o credencial que, en caso de que
su dueño llegara a hacerse reo de cualquier delito, será inmediatamente
recogida. Con estas medidas, el instrumento del pensamiento y de
las ideas vendrá a ser un medio educativo en manos de nuestro gobierno,
que no permitirá a las masas populares fantasear acerca de los beneficios
del progreso. ¿Quién de nosotros ignora que estos beneficios ilusorios
conducen a absurdos desvaríos? Estos desvaríos han |